#historias de la nueva europa

Si hay algo por lo que se caracteriza el atletismo es por su universalidad. Es un deporte que se practica en casi todos los países del planeta y eso es algo que lo hace diferente.

Se podría pensar que esa universalidad se limita cuando tiene lugar un campeonato continental como el pasado Campeonato de Europa de Berlín, pero las migraciones, algo tan antiguo como la propia historia de la humanidad, hace que en las competiciones de nuestro continente haya cada vez más atletas de otras culturas y territorios de los que han tenido que escapar en las últimas décadas por las desgracias y las guerras.

Entre estos atletas hay muchos hijos de refugiados que escaparon de la miseria y de la guerra; atletas que representan a esa nueva Europa y que perfilan un panorama impensable no hace mucho. Ver un atleta de raza negra en Italia, Suecia o España era una rara avis a finales del siglo pasado, pero hoy en día es bastante común.

En un momento convulso a nivel europeo, cuando parece que los inmigrantes son el arma perfecta para ganar un puñado de votos, voy a narrar la historia de dos inmigrantes que, al igual que hicieron nuestros antepasados, buscaron mejor vida lejos de su país natal.

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Entre las historias de esos hijos de la guerra destaca la historia de Jean-Damascène Habarurema  (1976), un maratoniano francés originario de Ruanda y su historia está forjada a golpe de luchar por la supervivencia personal. El atletismo forma parte vital de la mayoría de los que compitieron en Berlín, pero las batallas de Habarurema han sido otras.

Ruanda, su país de origen, sufrió en 1994 uno de los genocidios más sangrientos de la historia de la humanidad. La llegada al poder de los hutus radicales desencadenó una persecución a los tutsis que llevó a que más de 800.000 personas fueran asesinadas en apenas 100 días. Los machetes se convirtieron en un arma exterminadora…

que acabó con la vida de miles de personas y muchos otros tuvieron que emigrar para salvar la vida.

Habarurema nació en Butare, considerada la ciudad universitaria del país. Su madre es de origen hutu y su padre tutsi. Cuando estalló el conflicto, el atleta ahora francés, era un joven de 18 años dentro de una familia numerosa que quedó totalmente destrozada como consecuencia del conflicto. Su padre y nueve de sus hermanos fueron asesinados. Es imposible abstraerse de semejante tragedia personal y no quedar marcado por ella.

Según reconoció en una entrevista al medio francés Europe 1, se le hace muy duro hablar de su pasado: “Cuando llegué a Francia no pude. Hoy podría hablar sobre ello pero me piden que me calle, ya que se puede entender que busco hacerme la víctima. Estos juicios me perturban y yo realmente sólo debería hablar de mi deporte. Mi historia personal es que soy ruandés, francés y negro“.

Su formación religiosa le ha hecho ver la vida desde otra perspectiva, siempre marcada por una visión muy alejada de lo que vivimos en nuestra sociedad. Sirva de ejemplo la historia que relata sobre uno de los asesinos de su hermana: “Cuando fui a Ruanda visité en la cárcel al hombre que había matado a mi hermana con un machete. Era un antiguo vecino al que conocía. Al encontraros lo primero que me dijo fue si lo podía ayudar porque su familia no tenía nada para comer. Y le di 50.000 francos ruandeses porque realmente quería hacerlo”.

Su salida de Ruanda fue gracias a una congregación religiosa que lo llevó a pasar por la India, Tailandia e Italia. Se hizo seminarista y aterrizó en Angers (Francia), lugar donde estudió Ciencias de la Educación.

En el relato de su huida de la tragedia y la pobreza hay momentos de máxima tristeza; el choque cultural fue muy grande y el “paraíso europeo” tampoco es un ejemplo en muchos aspectos.

“Cuando llegué a Europa en el año 2003, hice una escala en Amsterdam antes de llegar a París. Allí descubrí la cinta de trasportar pasajeros de los aeropuertos. Al subir a ella acabé en el suelo y nadie me ayudó. Para mí fue un vínculo entre el tercer mundo que dejé y mi nuevo mundo que, en teoría, era el desarrollado. Me di cuenta de que sólo podía confiar en mí mismo”.

“Vivía en África, donde lo desconocido provoca curiosidad, pero en Europa lo desconocido asusta y se evita. Aquí vivimos en una sociedad de agenda: si no tengo una cita contigo, como si no te conociera y ni te miro. En Ruanda todos le dedican tiempo a los demás, de ahí que tengamos fama de llegar tarde”.

“Ahora soy una mezcla de todo esto: la hospitalidad africana siempre estará grabada en mí pero soy un ciudadano francés”, comenta filosóficamente el maratoniano.

Jean-Damascène ha corrido toda su vida; en Ruanda no tenía otra manera de ir al colegio. Y su primer calzado lo tuvo con 13 años. Pero sus inicios en el atletismo propiamente dicho tuvo lugar en el año 2004, un año después de pisar suelo francés y cuando estaba cerca de cumplir 30 años. Ahí se empezó a enganchar a este deporte, por la felicidad de ver caras nuevas, por los encuentros con otra gente, por los momentos de felicidad que le otorgaban y por la idea, siempre atrayente, de superarse a si mismo.

Desde sus primeras carreras ya dio muestras de que era un atleta con talento. El atletismo para él es una excusa, no un objetivo en sí mismo. En su primera media maratón ganada en 2005 (Longeville-sur-Mer), lideraba la prueba en cabeza junto con otro atleta y en el kilómetro 13 observó entre el público a una niña llorando. Se paró a consolarla y cuando volvió a sonreír regresó al recorrido. “Mis entrenadores me dijeron que no volviera a hacerlo”, relata el bueno de Habarurema, pero al mismo tiempo reconoce que si surgiera una situación similar, seguramente lo volvería a hacer.

Su experiencia con el deporte la resume así: “cuando no estoy corriendo siempre pienso en el pasado, pero si estoy corriendo me convierto en el Jean sonriente”.

En 2014 acudió al Campeonato de Europa de Zúrich (en 2016 no hubo maratón) y fue 13º (2h16:04). En el pasado maratón de Berlín entró en meta destrozado en el puesto 54 con un tiempo de 2h27:36, lejos de la cabeza, pero su historia merecía ser contada.

La otra historia es la de un atleta más conocido, Pedro Pablo Pichardo . Se trata de uno de los mejores saltadores de triple del mundo y que, por circunstancias personales, acabó en Portugal, aunque todo apunta a que su destino de residencia final está en otro lugar. Su historia es más conocida, por lo que no incidiré sobre los aspectos que son más públicos.

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Pichardo nació en Santiago de Cuba y desde muy pequeño sufrió la dureza de un padre que quiso que su hijo fuera atleta como él. Llegó a ser el segundo mejor saltador de Cuba, sólo por detrás de Sotomayor.

Pichardo relataba su infancia: “nos tenía 4 o 5 horas andando por Santiago cada día y no nos daba agua ni comida. Parecíamos militares. Le pedíamos agua y nos respondía que teníamos que seguir andando. Nuestra situación era difícil económicamente, pero mi padre era demasiado estricto”, relata Pichardo.

El padre lo preparó como un robot. Empezaron a entrenar sin ningún tipo de condiciones, en campo de tierra y hierba. Sin calzado. En el año 2009, Pedro Pablo y su padre acudieron a los campeonatos nacionales en La Habana por su cuenta, ganando en su categoría con un salto de 14.45 metros.

En Cuba no existe un sistema de clubes y todos dependen de la estructura del Estado, una estructura a la que Pichardo no pertenecía. Era un atleta de la calle al que, a partir de esa victoria, no quisieron dejarle competir más por no estar integrado bajo el paraguas federativo cubano. Finalmente accedieron y ganó todas las competiciones del equipo nacional desde 2009 al 2013.

Pero, tal y como relata Pichardo, tenía que pedir dinero a sus familiares para poder viajar desde Santiago a La Habana. Y cuando iban a las competiciones, dormían escondidos debajo de la grada del estadio, sin comida.

En 2014 llegaron a sancionarlo por su posición de rebeldía y el día que Pichardo saltó 18.08 metros (2015) lo quitaron del amparo de su padre que, a su vez, perdió su trabajo por llevarle la contraria a la federación cubana.

El siguiente episodio de conflicto fue en los Juegos Olímpicos de Río, cita a la que Pichardo llegó lesionado y, según relatan, le querían obligar a saltar, a pesar de tener una fractura sin curar. Las instituciones cubanas sacaron un comunicado que nada tuvo que ver con lo contado posteriormente por el atleta. La decisión estaba tomada por su parte y la duda era saber a qué otro país se podía ir. Su padre estaba en Suecia en un pequeño club y en una competición en Alemania se produjo la deserción.

La marcha de Nelson Évora del Benfica, su club de toda la vida, al Sporting de Portugal, su gran equipo rival, hizo que el equipo del águila tomara la decisión de apoyar a Pichardo y a su familia para que se asentaran en Portugal. Évora fue presentado en el descanso de un partido de fútbol del Sporting y nadie podía creerse que el emblema y capitán del Benfica se fuera al equipo que más odian los benfiquistas. Pero el cambio hay que entenderlo: en una lucha constante — y a veces infantil — entre ambas instituciones, Évora buscó un futuro mejor y el Benfica buscó la venganza.

En el Benfica pusieron todos los medios a su disposición y Pichardo cambió de nacionalidad, no pudiendo volver a su isla natal durante, por lo menos, 8 años. Ahora está a la espera de cumplir los tres años de rigor para poder defender la camiseta del equipo nacional portugués.

Artículo completo leido en foroatletoismo.com

 

 

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